
Tomado de http://www.flickr.com/photos/22923788@N06/2269647657/
Un ambiente natural, ligero y tranquilo, lleno de coloridos mitos y leyendas para unos y sufrimientos para otros.
Camino hacia la entrada del módulo amarillo de la terminal de transporte, preguntando seguidamente en varias taquillas sobre un bus que me lleve a Tabio, choferes de buses y taquilleras me indican que los domingos es muy rara la vez que hay servicio para ese municipio: "vayan al módulo azul, ahí hay un bus que los deja en Zipaquirá y de ahí cogen otro que los lleva a Tabio, si no fuera porque estoy de turno yo le haría el ‘favorcito' mona", dice uno de los conductores mientras que desnuda con su mirada de arriba a abajo a una colega que me acompaña. Mientras camino al módulo azul siguen los silbidos para con mi compañera: "¿para dónde viaja mona?", insistentemente la persiguen esas palabras.
Llego al módulo azul y vuelvo a preguntar sobre un bus que me lleve directo a Tabio; con antipatía la taquillera responde pues tiene que esperar a que llegue la "van" que viene de Honda, más o menos en dos horas. Miro el reloj y me doy cuenta que es más del medio día, preocupado y pensando que no voy a poder llegar a Tabio le digo: "bueno, véndame por favor dos pasajes para Zipaquirá", y le insisto si hay un bus que de Zipaquirá me deje en Tabio, "sí papi", responde la tan poco agraciada mujer, pienso si será muy costoso el pasaje y se lo pregunto, me dice "no, sólo son $1700 de Zipa a Tabio, "eso sí, para que no lo vayan a tumbar tiene que estar bien ‘abeja', oye", afirma la mujer entre risas junto a choferes y ayudantes de bus.
Luego de más de media hora de espera, logro subirme al bus que me llevará de camino a realizar mi labor, con un olor nauseabundo revuelto con esencia barata, abro las ventanas más cercanas al puesto donde me ubico y empezamos una charla con mi compañera. Luego de un largo tiempo vuelvo a mirar el reloj y me doy cuenta que llevo más de una hora dentro de ese bus y ni siquiera he salido de la ciudad, el conductor hace mucha "maña" y "roña", va supremamente despacio debido a que los pasajeros somos muy pocos.
Pasadas las horas, escucho al ayudante del bus decir: "¿quién se queda en Zipa?", siento un alivio porque creí que ya había llegado, pero de hecho me quedaba un cuarto más de camino. Me bajo cansado y con un poco de hambre debido a que ya ha pasado la hora del almuerzo y no he comido nada; entro a un almacén que escucha reggaetón a un alto volumen y le pregunto a una vendedora que si me puede ubicar un poco sobre donde tomar el bus que me lleve a Tabio; me dice: "sí, párece ahí al frente", en un tono de voz fuerte como si estuviera sordo. Cojo el bus más lleno que me lleva a Tabio, con una mezcla de olores de pañales, pachulí barato, sudor y demás me siento incómodo, además de lloriqueos de bebés, gritos, sonido de gallinas. Por fin logro llegar al centro de Tabio, cansado de un largo viaje y me dispongo a lograr mi objetivo.
Con un ambiente natural, ligero y tranquilo, camino hacia la Capilla de Santa Bárbara, un monumento histórico ubicado en la parte alta del Municipio, sobre una hermosa calle empedrada, rodeada de coloridos árboles y casas al estilo colonial, con un altar tallado en madera, haciendo énfasis en tres cuerpos, el de San Francisco, La Santísima Virgen María y Santa Bárbara; sus vecinos cuentan, que allí "asustan", una noche se escuchó fiesta en la casona y vieron llegar carros antiguos, los trajes de los invitados eran de épocas pasadas. Al otro día preguntaron de la fiesta a los habitantes de la casona y ellos asombrados contestaron que no hubo fiesta alguna, varios pobladores relatan distintos acontecimientos sobrenaturales, cuenta Natalia García una habitante del municipio.
Débil y con hambre, voy a una reconocida tienda alrededor de la plaza central. Como algo y le pregunto a la tan querida señora que atiende el famoso local que me cuente un poco más sobre lo más reconocido en el municipio; entre sonrisas Graciela Gómez me expone los sitios turísticos y en especial que no podía pasar por alto la visita a las termales, me dice que lo más conveniente es que me dirija a la Casa de la Cultura al otro extremo y más exactamente en la esquina del Templo de la Inmaculada Concepción de Tabio.
Me dirijo hacia el lugar indicado, entre calles coloniales y viejos campesinos que se sientan a divisar el atardecer en las bancas de la plaza central. Llego a la oficina llena de artesanías y pendones colgados sobre información del Municipio; le pregunto a una señora de no más de 40 años, de tez blanca, pecosa, de gafas, de estatura no muy alta, sobre quién me puede dar mayor información acerca de lugares tan importantes como las termales y la peña de Juaica; con un tono de voz muy suave y poco agudo, me regala una tarjeta con dos posibles personas que me colaborarían más adelante con historias trascendentales de Tabio.
Por calles empedradas, deliciosos restaurantes, exquisitos postres, me entra cada vez más el deleite por cada uno de estos platos, pero siguiendo el rumbo, llego a las famosas Termales El Zipa. Natalia García, una de las personas recomendadas por la Casa de la Cultura para que me diera mayor información, me atiende y me da la oportunidad de ingresar a las Termales sin problema alguno. Un sitio rodeado por bellos paisajes, los baños proveen a sus visitantes de una agradable sensación de tranquilidad y descanso. Cuenta la historia que en estos pozos se bañaba el Zipa con sus 200 doncellas y parte de este ritual consistía en pedir al dios Bochica en noches de luna llena, cosechas eternas en las tierras de su dominio.
Los indígenas dedujeron que estas aguas calientes, brotaban de un volcán que en tiempos pasados había erupcionado cerca del cerro de Canica, donde también se encuentra la Peña de Juaica. El agua de estas termales contiene 12 minerales, cura importante para enfermedades como: Diabetes, Neuralgias, Artritis, Várices, Úlceras varicosas, Reumatismo, Afecciones de huesos, Afecciones de vías respiratorias, Enfermedades en la piel. Las piscinas son de barro y agua, saliendo el agua, a unos 90 grados y en su composición lleva disueltas varias sales que va extrayendo de la tierra, por esto el olor es un poco azufrado, se enfría por conductos y llega a las piscinas que están a una temperatura de 40 y 28 grados.
"La diferencia entre las piscinas es que en la piscina de 28 grados entra más directo el clima bajándole la temperatura al agua, haciendo que se enfrié, mientras que la piscina de 40 grados como es más cerrado el espacio, ayuda a que se conserve más la temperatura; químicamente son exactamente las mismas aguas, la piscina medicinal absorbe mejor los minerales, haciendo que los poros se abran mucho más, formando una exfoliación en la piel", comenta con timidez Edward Calderón, salvavidas de las Termales.
Hace muchos años hubo un trágico accidente en el que un niño se le cayó su pelota en la piscina de 90 grados, pensando que la temperatura era igual a la de las demás piscinas, se lanzó a recogerla, sufriendo quemaduras de cuarto grado, infortunadamente sin poder soportarlas, mientras que su papá, por salvarlo, sufrió también quemaduras de tercer grado en diferentes partes del cuerpo, logrando sobrevivir. Una clara evidencia de la falta de seguridad en los pozos calientes, por eso el cubrimiento en rejas verdes como símbolo de atención y el peligro que puede llegar a tener alguien si intenta someter su cuerpo a tan ardidas aguas.
Agotado y recorriendo el pueblo, Natalia cuenta la historia de la peña de Juaica, un cerro ubicado en el occidente del Municipio, sitio predilecto de ufólogos que trazan historias de seres de otros planetas que los visitan atraídos por tanta belleza. En esta montaña se dice que cierto día iba un grupo de pastores con su rebaño de ovejas, subiendo la Peña de Juaica, un pastor vio dentro de las piedras, una gruta y algo brillaba dentro de ella, al aproximarse para detallar que había dentro, observó una de ellas y casi de inmediato se produjo un estruendo y el hombre fue lanzado lejos, quedando sin sentido. Estupefactos, los pastores relataron este suceso en el pueblo.
Cuentan que el Sr. Luis González, vivía en Juaica Santuario, muy cerca de la peña. Durante los años 60, trabajando la tierra halló debajo de una fuente de la peña de Juaica, una figura en oro llamada Mohán, la cual guardaba con recelo. Este hombre de aspecto humilde con su cabello largo y blanco al igual que su barba y que siempre se le veía con su pantalón arremangado y pies descalzos, guardaba una gran fortuna en algún lugar donde vivía. No obstante bajaba al pueblo con huevos, bueyes, gallinas y todo aquello que sembraba para hacer trueques con los pobladores. Sólo en Semana Santa se le veía comprar un par de alpargatas las cuales se las colgaba al cinto y únicamente se las ponía al entrar a la iglesia.
Un día, enfermo, lo llevaron al hospital donde permaneció un par de días, pero al regresar a su casa no halló su tan preciada figura de oro. Obsesionado por la pérdida, dicen los pobladores que murió de pena moral por no poder recuperar su tesoro.
De su gran fortuna enterrada, se cuenta, que dos pobladores de Tabio fueron a buscarla a su casa; la hallaron, apropiándose de la riqueza que él guardó con tanto celo.
Por otro lado Carmenza Aguirre, una vieja habitante de Tabio y vendedora de obleas en la vía que conduce a las Termales, con una sonrisa irónica y chispas entre sus dientes, dice no compartir ninguna de las historias que marcan el pueblo, considera que todo es mentira y es imaginación de la población, así como muchos fueron ayudados sobre la Peña de Juaica y curados por las Termales de Tabio, ella no ha sido ni sanada ni ayudada por ninguna de estas leyendas, "no he corrido entonces con esa suerte", dice aquella viejita entre risas de sufrimiento.
Tabio marca la huella de un pueblo colmado de inquietantes mitos y leyendas, con un final muy lejano, lleno de experiencias inmensamente agradables para unos y cargadas de sufrimientos para otros.


